Suele ocurrir, no siempre, pero a veces, que después de una racha muy buena, pudiera ser que las cosas no se pusieran tan iguales. Y en este mundo del free work, el pecho se me aprieta y me pongo un poco nerviosa. Pienso en todos los gastos hechos, el codo se me encoje y siento que he sido la peor botarate del mundo y el judío que llevo dentro me ha fallado o más bien dicho, me regaña.
Pero trato de matener la calma, pienso en los gastos hechos: mi parte cooperación con la casa saldada por el 2013, los cachos salud y jubilación también saldados para este año, falta celular, el máldito gas para calentarse del frío invierno y en el horizonte, como el mundo se detuviera (ojalá) hasta ese instante, mi ansiado, ensoñado viaje a México. Y es que para la fecha sólo tengo dos trabajos seguros que podría uno más que el otro, durar todo el año, pero no alcanza.
Entonces surge ese deseo vital, siempre gatillante, estimulante, de no hacer nada, dejar que lo que tenga que pasar, sea y que Dios me coja confesada. Una porque confieso que después de mis últimas vacaciones, merecidas por cierto a causa de un agobiante exceso de trabajo, quedé un tanto desmotivada por continuar haciendo lo mismo, que casualmente es el oficio de mi trabajo pero.... Quisiera tener los tornillos suficientes para hacer otras cosas, bucear, buscar en otras áreas, escribir, pensar, leer, estudiar, investigar y que con eso, con eso tan maravilloso me pagaran por hacerlo. Irreal. Cambiar de rubro?, me da tanta lata pensar en qué rubro, jamás periodista a menos que fuera escribiendo lo que se me plante, dificil, dificil por no decir irreal. Entonces mejor agradezco lo que tengo y no sueño más de la cuenta. Pero la flojera, desmotivación laboral está ahí latente como los cucharazos del corazón. A lo mejor es una racha, racha propia del viaje ad portas, volver a mi amado México, donde siempre alojo la esperanza de encontrar a mi principe azul que salve mi corazón y la vida ya que estamos, aunque con la suma de años, comienzo a comprender -tristemente-, que fuera de los platónicos e irreales, el princiope azul, maravilloso, increíble, no existe.
Pero bueno, eso de creer que alguien aparecerá y salvará la existencia, es una quimera un tanto de enfermo mental y aunque mantengo un bajo perfil ante ese tipo de esperanzas, mejor es saber que nadie velará por tí más que your self.
Entonces vuelvo a pensar en que si tengo las cuentas pagas 2013, quizás de los quisares el objetivo está en que debo fluir como hoja de árbol y aprovechar el tiempo libre, mientras dure, mientras se pueda disfrutar y en él hacer todo, absolutamente todo lo que cuando pegada con las teclas en el computador, no puedo. Esa cosa que suele ser dificil de atrapar de "aprovechar el tiempo tal y cual se presenta", alejar del trasero el ají que pica como el pidulle y te obliga a querer estar, hacer, cantar, saltar, en espacios, momentos, situaciones, totalmente lejanas a ti, a mi en este caso. Es decir, cojereme confesada, rascareme la güatita y seré más que feliz y cuando los pensamientos del dinero, la falta, ausencia, escases de él aparezcan, tomaré un libro y con la tapa golpearé intensamente esas ideas, me haré la hippie y trataré de disfrutar de la vida de una manera libre, sin control, sin ataduras y en la más judía, tratando de "gastar" lo menos posible...............jajajajajaja
Parad los relojes, desconectad el teléfono,
dadle un hueso al perro para que no ladre,
acallad los painos y con tambores amortiguados
sacad el ataúd, traed al cortejo fúnebre.
Que los aviones vuelen lastimeramente en círculos
escribiendo en el cielo el mensaje "Él ha muerto",
rodead con crespones los blancos cuellos de las palomas,
que los policías de tráfico lleven guantes negros.
Él era mi norte, mi sur, mi este y mi oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi mediodía, mi medianoche, mi conversación y mi canción;
yo creía que el amor duraba para siempre: me equivocaba.
Las estrellas ya no hacen falta; apagadlas todas.
Guardad la luna y desmontad el sol,
vaciad el oceáno y barred los bosques;
porque ya nada puede servir para nada.
(Blues funerarios de W.H. Auden)
Vamos de visita con Mariano, amigos y otros que no conozco a casa de Carla Morales o Javiera Moraga, es una de las dos. La casa es maravillosa, tiene vegetación dentro y fuera, cascadas en el patio interior, muchos ventanales por donde contemplar los árboles, plantas, verdes, flores, agüitas varias.
Estoy enamorada de Mariano, pero él está con otra chica aunque no viene con nosotros, él es muy amoroso conmigo todo el tiempo. La belleza de la casa y sus alrededores me despiertan los deseos locos de tomar y tomar fotos. Afuera llueve, mi cámara está en el auto de Mariano, le pido la llave, me pasa un candado enorme y colgando insignificantes, las llaves del auto. Salgo al exterior escuchando el La, la, la, de Serrat. Guardo el llavero de candado enorme en mi cartera, llego al auto y lo abro sin dificultad. Saco mi cámara y me pongo a tomar fotos del exterior de la casa.
Hay un puente que no había visto antes, que une la cascada con la casa, un puente de palitos de bambú "árbol de bambú", paseó sobre él tomando fotos a la casa, a la cascada, a los árboles, a los ventanales y las imágenes que en ellos se proyectan. Después por dentro, los puentes de madera de bambú son los pasillos de la casa, abajo el agua de la cascada que circula libremente, en color calipso a veces, otra verde esmeralda. La naturaleza bajo, sobre la casa y a través de las ventanas. Verde, verde, verde. Arboles enormes y frondosos, mucha vegetación húmeda.
Estoy dentro de la casa contemplando y tomando fotos, móviles de piedrecitas, cristales y campanas por varios ventanales. De repente me encuentro con Mariano, él está echado en un sillón, se siente mal, le duele la cabeza. Voy a sentarme a su lado, le aviso que el llavero está a salvo, el auto también, recuesta su cabeza sobre mis piernas, le hago cariño en la cabeza, él me sonrié, nos miramos fijamente. Aparecen los amigos, los que no conozco, la Carla o Javiera, la casa se llena de voces, de barullo, música, ahora estamos en medio de uan fiesta, Mariano y yo seguimos sentados y él echado sobre mis piernas, mirándonos sin prestar atención al resto que nos rodea.
Absolutamente clara que es más una fantasía, una epifanía, más no una mentira y sin embargo no puedo evitarlo. Estoy totalmente enamorada de tí, enterito, enterito, aunque en esencia no te conozca nada de nada, a penas en foto, de oídas y pese a ello, cada que descubro que me has mirado me muero de la felicidad, me lleno de alegría, ilusiones miles, todas fundadas seguramente, todas locas, irreales pero no puedo, no quiero, no puedo evitarlo. Así ocurre cuando sucede, uno siente, siente mucho, muchas cosas, todas dirigidas a ese otro ser vivo, latiendo, latir, todos mis latidos van a ti, todas las energías enfocadass en tí. Absurdo como finalmente es el amor, el enamorarse, ilógico, inesperado, pero no por ello menos intenso. Que para colmo, la intensidad que me cargo.
Suele ocurrir, lo digo ahora que el viaje comienza a llegar a su fin, que aquellas calles, avenidas que uno camino por vez primera, los árboles, la vegetación, el rostro de las personas, todo, todo, tenía un matiz diferente a cuando, ahora, vuelves a pasar, reiteradas veces, por esa misma calle. Es como esa sensación de infancia, de creer que los objetos, escaleras, eran de un tamaño mayor al real y cuando regresas 10 o 20 años después descubres, desalentadoramente, que no, que los tamaños no eran nada soberbios.
Y sin embargo ocurre que aquella avenida Sargento Silva, por la que inicie mi viaje, el primer día en Puerto Montt, se veía la más empinada entre las de su origen, el horizonte al mar el más hermoso, más azul, lejano y la vegetación de un verde destellante, que invitaba a seguir descendiendo. Después cuando la volví a recorrer, arriba de un auto, continuaba siendo empinada pero ya el matiz de conocida, la hacia verse menos imponente o al menos, no tanto.
Igualmente que con la Plaza de Armas, que si bien no me pareció ni demasiado linda, menos grande ¿para que tanto? tras pasar una y mil veces casi dejé de mirarla, mejor era detener y fijar la vista al mar, a ese océano que invitaba a la observación, contemplación, exaltación de todos los sentidos prestos como el olfato a mar, los ojos de aguas celeste-marengo.
Lo rico de los paseos de a uno y para el resto quizás un pero, es ese deambular sin norte fijo, derrotero que va, viene, regresa, repite calles, calles que en ese instante no tienen identidad, no se conoce por nombres, por esquinas, recorrerlas, caminarlas mil veces y sin embargo sentir que el mundo amplio está ahí en tus manos, esperando que lo tomes, lo estrujes, aprecies, beses, ensoñes y dejes ir. Para los viajantes solitarios como yo, deambular es la esencia misma de la gracia, aunque a veces subir empinadas veredas, con el sol calando en la espalda pero acompañada de la música ambiental o del aire marino, de las voces de otros, de los pensamientos propios, de las conversaciones con el yo inerno, con los amigos imaginarios, compartiendo esos pasos, descubrimientos, olores, colores, sabores, recién descubiertos.
El viajador solitario, más no solo y abandonado, suele conversar mucho a solas, con esos amigos imaginarios, que siempre acompañan y apoyan. Aquellas conversaciones que no podríamos tener con nadie más en el mundo, esos cuchicheos, observaciones de situaciones especificas, simples, citicos, que ciertos ojos demasiado abiertos, están fraguando, tramando y comentando. Siempre me he preguntado si se notará mucho cuando estoy hablando con ellos, ¿movere los labios?, finalmente ¿parecere una loca? o más bien ¿estaré tildada de loca como todos aquellos otros que viajan solos? A veces es bueno desdoblarse para mirar como actúa uno en esos escenarios. Aquellas miradas inquisidoras, críticas, despiadadas, reprobatorias ¿se notará mucho que los estoy matando con la vista? Quizás ahí los por qué la gente no suele acercarseme, no es que lo quiera, no es que viaje buscando compañía sino que más bien todo lo contrario, pero no dejo de interrogarme por qué será que ni flaca, menos gorda, los otros transeuntes del mundo advierten mi pasar e interactuan ¿habré alcanzado el don de la invisbilidad?
Me comparo con mi sobrina Violeta Cereceda Orrego, quien jamás de los nuncas viajaría sola justamente porque es un sol, que va iluminando todo con su paso, la que conversa con todos y todas, la que pincha, que vive aventuras y momentos increibles todos, todos, en interaccion constante con el exterior. Todo lo contrario al diario de viaje mio.
Pero no es algo que anhele cambiar, de hecho es tal la desconfianza que tengo por el ser humano, que entre más lejos, más distante, con más barreras mucho, mucho mejor para mí. De hecho, estos viajes son para alejarme del mundo, aunque viaje en compañía de ellos, digase en el bus, avión, barco, pero lejos, muy lejos de ellos. La necesidad profunda de estar con una misma, de escuchar más que nunca las voces internas, los sonidos externos pero de la naturaleza, los latidos del corazón, los descubrimientos más importantes de la vida, son los que se alcanzan en la quietud de la vida, de una noche estrellada con el lejano murmullo del mar.... las develaciones más certeras son las que alcanzamos en esos instantes eternos de horas y horas. Recuerdo vívidamente una en especial, una noche y su madrugada, estando en Castro Chiloé, en aquel curioso y hippie hospedaje en el que por fortuna (gracias a Manuela Orrego) encontré y que mientras la juventud bullía en ruido, sonidos, risas, yo permanecía encerrada, con pestillo corrido en mi room, leyendo, pensando, escribiendo, escuchando mis músicas. Descubrí mucho más que en mil años, reencontré respuestas, soluciones, caminos, ideas. Escribi y escribi como una loca, sin cesar, las muñecas, los dedos, la mano completa no me dolió un instante y a través de ella, las ideas salían y salían asi como las historias, claridades, profundidades. Por esa noche, por alcanzar un momento eterno como ese, es que emprendí ese maravilloso viaje de 15 días que hoy llega a su termino. Y como todo lo bueno, aunque culmine, logró encandilar el alma, purificar el espiritu y llenar de buenas, buenísimas intensiones, ideas, propositos, cambios esta vida mía, que ha estado tan colmada de sabores varios.
¿Por qué será que las fechas que más trastocan suelen ser las más tristes?
En mi caso, la muerte de mis abuelos, de mi querido primo, de mis mascotitas, de amigos queridos y después de mi papá y por sobre toda la historia de mi vida, aquel 24 de Enero de 1987 en el que volvimos a Chile dejando atrás a mi amado México.
26 largos y anchos años,
en los que he armado una vida,
me he convertido en una persona grande,
más mucho más que cuando llegué,
que en realidad era una chica de 17 años metida en un cuerpo de una mujer que tenía que madurar y con la mente de una niñita de 13,
tanta, tanta vida que ha circulado, corrido, pasado por delante,
y sin embargo el amor verdadero, el cariño sincero, los para siempre, jamás y demás,
siguen en un solo destino,
dirigidos hacia un solo lugar,
en ese lugar rodeados de toda, toda, toda la gente que más amo,
que más momentos gratos, pocos ingratos, me ha hecho vivir.
Nostalgias,
sobre todo una vida basada en la nostalgia,
el deseo de volver a vivir aquellos hermosos años de infancia y juventud,
en aquella hermosa ciudad de Guadalajara,
en mi barrio, con los vecinos,
compañeros de Prepa,
tantos lazos que quedaron armados para siempre jamás.
Por eso que no es nada simple,
es que cada instante, ahora sumado en 26 años que han pasado,
me toca tan dentro,
tan profundo y como todas las tristes fechas antes mencionadas, siguen latiendo, sigue latiendo, fuerte, intenso en mi corazón.
Te amo Guadajalara, Jalisco México, te voy amar, los voy amar toda la vida en la que tenga vida para estar viva y seguir nostalgiandolos y con la esperanza siempre presente de que el día menos pensado volvamos a estar juntos.