Y de pronto pasó que se convirtió en algo importante, gravitante, latente...
daba pasos certeros por la vía adecuada,
el aire se respiraba tranquilo, el viento bailaba con las hojas de los árboles,
viento frío, cielo engricesido,
mirar el cielo, sólo baile de árboles, de pasos seguros.
La espera musical, de miradas curiosas,
ansiedad, interrogantes, sueños por soñar,
necesidad de soñar sueños por alcanzar,
imágenes de futuros posibles necesitados de soñar sueños posibles por alcanzar,
certezas,
claridades de pasos firmes por el sendero apropiado.
Tiempo, tiempo transcurrido,
el lugar, él, ellos, yo, ella, nosotros,
pequeñas palabras, sonrisas,
enrojecimientos,
hablar, hablar, agitadamente hablar, hablar, hablar,
miradas que se van lejos del horizonte, que se topan, que siguen viajando,
hablar, hablar, hablar,
ideas, esperanzas, sonrisas, hablar, miradas al horizonte, más allá,
toparse de miradas,
el lugar, él, ellos, yo,
interrogantes...
El horizonte, la necesidad de soñar sueños por alcanzar,
¿pasará?
¿una próxima oportunidad?
Luna llena, cielo gris, luna preciosamente llena, nubes blancas resguardándola,
sonido de voces, hablar, hablar, risas, sonido de voces, hablar, hablar, hablar,
distancia,
distanciándonos de ellos, de él, ella, yo, nosotros,
noche de cielo enegrecido, con luna llena, llenisima resguardada por nubles blancas,
el horizonte difuso, la necesidad de soñar sueños por alcanzar...
Hace unos días atrás estuvo de paso por Santiago, nuestro por siempre amado, ensoñado, hermano Antonio. Era un viaje relámpago y como tal, lo que más queríamos era estar con él la mayor cantidad de tiempo y en ese espiritu burbujiento, cerrado, egoísta que confieso me provoca todo, todos, todo lo que tenga que ver con México, suelo no querer compartirlo con NADIE.
Las situaciones finalmente se dieron fluidamente, por suerte y de ahí la enseñanza que saqué. Queriamos, quería que Antonio fuera única y exclusivamente de mi mamá, la Manu y mío. Que nadie más viniera, lo viera, para que las horas, pocas, pudieramos tenerlo entre nosotras. Y ocurrió que mi sobrina Violeta tenía urgentemente que venir porque necesitaba que la ayudaramos con una tarea para la universidad y bueno, ella es mi locura local, la amo con todo el corazón, es una persona maravillosa, luminosa, hermosa, me encanta, la amo indiscriminadamente y por supuesto no pude decirle:
- "no Viole, esta vez no puedes venir".
Es que no puedo hacer esas cosas, no con ella al menos, en realidad con nadie, no soy de negar prefiero ser más sofisticadamente perversa y negar, ocultar, mentir.
Entonces pasó que la niña, enorme, adolescente, preciosa de Violeta, mi sobrina, vino. Vino y en esa situación que obviamente solo yo puedo entender y que es lo que me hace matadamente "rara", ocurrió que sentí eso de que Ibarra (Antonio) estuviera durmiendo en su pieza (la de la Manu en realidad) y que Viole se paseara por la casa y que en cualquier momento ocurriera el encuentro. Encuentro de dos personas que no se conocen, pero que ella sabe perfectamente del amor total que profesamos por Ibarra e Ibarra sabe de la existencia de Viole porque yo le he contado. Pero por azahares del destino, nunca de los antes se había dado que se juntaran.
Y ocurrió que después de un buen rato en que Ibarra lograra ponerse al día con Morfeo, ya que llega una edad en que algunos ya no pueden ser azafatas tiempo completo y con su neceser muy mono, apareció en la galería del comedor Antonio. Violeta estaba sentada de espaldas a él en el comedor y fui precisamente yo, YO, yo, quien grito:
- Mira Ibarra quien está aquí. Mi sobrina Violeta, mi querida sobrina. Mira Viole él es nuestro hermano Antonio.
El uno conoció a la otra, se abrazaron, el beso correspondiente en la mejilla y todo bien. TODO BIEN.
Eso es lo bueno entre nosotros, entre todos, entre Antonio, la Violeta, que somos, son, somos, son, personas tan naturalmente naturales, relajados. Porque sin mediar preámbulo ni nada, de pronto estábamos los cinco (mi mamá, Antonio, la Manu, Viole y yo) sentados alrededor de la mesa del comedor hablando de la vida, como si los recién presentados se conocieran de toda una vida. De hecho Viole requería ayuda de HELP porque tenía en unas horas mas una clase-prueba sobre unos temas aburridisimos y densos, en los que todos la ayudamos para que le fuera súper bien.
Después Viole, en otra oportunidad comentaría lo encantador, simpático, tierno que le pareció Antonio. La voz maravillosa que tiene, ese tono calmo y pronunciado, el color de piel maravilloso y bueno todas esos grandes detalles que hacen que AMEMOS tanto a nuestro Ibarra.
Y lo que me gustó finalmente, después de todas mis taras existenciales, fue lo bien que resultó todo. Que se pudiera mezclar mundos, mezclar historias, mezclar vidas. Tanto que me cuesta por la cresta hacer estas cosas, siempre, de los siempre manteniendo mi mundo privado, especial, maravilloso, único e irrepetible que fue México, Guadalajara, Jalisco, México pero me alegra enormemente haberlo compartido con mi adorada, ensoñada, amada Violeta Cereceda Orrego.
Gracias a quien corresponda, ya sea Mister Dog, miss naturaleza, los árboles y su sabiduría infinita, gracias miles, de eternas por este maravilloso momento vivido, aprendido y espero que difundido.
Anoche me convertí en una de las personas más felices de los últimos tiempos. Desde que supe que la ZOE venía a Chile, sentí, pensé, que tenía que estar ahí. Tan pocas oportunidades que tengo desde estas latitudes para conectarme, encontrarme con la música que me gusta, me identifica. Pero todo indicaba que era o sería un sueño imposible, comenzando por el alto costo de sus entradas, siguiendo porque aparentemente tendría que ir sola (cosa que jamás me ha importado) y por último esa cosa rara que a uno se le mete en la cabeza de pronto, de que todo lo más maravilloso del mundo está a años luz de una y que mejor ni mirar, menos soñar, porque nunca lo alcanzaremos. Pues la historia cambió radicalmente porque finalmente y después de muchos pajeos mentales, terminé yendo (con mi sisterna Manucita) a mi ansiado, amado concierto de la ZOÉ.
Mientras berreaba como una más de la masa, que para mi pesar, digo con mucho respeto había mucha masa, pensé que mis gustos mexicanos en tierras lejanas era selecta y de mucho más que un simple outsiders, sino más bien de estar hablando en otro idioma, otra frecuencia. Que digamos de paso, me encanta, oveja nunca he tenido el espiritu, pero por otro lado pienso por un segundo que si esto se mantiene así de masivo, hay más oportunidades de que la Zoé vuelva y yo de escucharla. Aunque confieso que la idea de oveja me desagrada profundamente. Pero en fin, como decía mientras berreaba, cantaba, gritaba, saltaba, bailaba al son de los temas de Zoé, me pasó eso tan cliché, tantas veces dicho, tantas veces manoseadamente majaderamente expresado de que de pronto sientes que el universo entero desaparece y solamente estás en ese lugar oscuro, de humos por todas partes, aire a penas, la banda Zoé y su servilleta. Como si cada tema, cada entonación las dirigieran única y exclusivamente a mi, a su amiga, a la chica de corazón mexicano que no hace otra cosa en la vida que añorar, amar, ensoñar a México y que solo escucha música de México como ellos.
También pensé en aquella lejana vez, junto a mi sisterna Manucita, fuimos a escuchar a Los Caifanes, que venían publicitando su disco más malo pero en fin, era lo que había. Nuevamente fue un momento inolvidable, como ahora, especial como el de anoche. Rememoré (porque para eso mis padres me hicieron bien nostálgica), los viejos tiempos aquellos 1997 -1998 en Ciudad de México, al lado de Santa Sabina, de Los Estramboticos, de Plastilina Mosh, de La Gusana Ciega, en los cuales la Zoé recién comenzaba y nadie los soplaba mucho porque les llevaba un aire a hippie que daban miedo. Pero aqui miss mal gusto, ojo parchado ya les había echado el ojo, comprado todos los CD que de ellos había y los escuchaba en secreto para que no me molestaran los friends rockers mexican boys, demasiado rato.
Y es que ocurre que esa marca registrada llamada cliché, que les mencioné hace rato, de sentir que la Zoé y yo éramos los únicos anoche en ese lugar, aunque sea cierto que habia un ciento de rebaño de ovejas más o menos en la misma frecuencia, de los cuales muchos pertenecían a la comunidad mexicana, de todas maneras insisto, que esa conexión se debe fundamentalmente porque nos une el cordón umbilical irrompible de amor por México. De esos lazos para siempre, sólidos más allá de todo, como el que me une a mi hermano Antonio, a mis amigos de Guadalajara, a mi querida Beatriz. A mis queridos Laurita, Conchita, Patricia Medel, compañeras de la secundaria, compañeritos de la primaria. A mis superstar Santa Sabina, al Ruelitas, a todos aquellos personajes, personas, amigos, momentos, situaciones, que están tatuadas en mi corazón por siempre jamás. Y se que finalmente la verdadera felicidad, esa que llega de pronto, de estrella fugaz, de constelación maravillosa, dure lo que dure, esa me la ha dado a borbotones solo un "algo" "alguien" en particular, especial y por siempre jamás: mi amado México.
Por eso es la conexión, aunque el pop de la Zoé música de licuadora sea universal y todo se pueda acomodar dentro de una licuadora, no por ello me llega menos, no por ello me siento menos conectada, no por ello deje de ser extremadamente feliz anoche. Por ello, por ellos, por todas las razones del mundo, esta ecuación se escribe asi:
FELICIDAD = MEXICO = ZOE.
Supuestamente es Isla Negra, la casa de los abuelos, estoy parada en la terraza. Esta es abierta sin barandas, mirando hacia el mar como si éste formara parte de ese espacio.
El día está blanco, las nubes cubren el cielo, el mar espumoso está pálido en vez de azulado, y sus olas se rompe sobre las rocas.
Alguien ha muerto.
El ataúd lo han puesto en la terraza.
El ferretro también es blanco, por fuera y también el acolchado. La persona en su interior, una mujer mayor, está vestida con un pijama blanco y tapada con una sábana de seda en el tono, como si fuera una Bella Durmiente.
Cuatro cirios puestos en las esquinas del cajón, protegen su sueño eterno.
Llegan Antonio, Beatriz y la Manu.
Todos conocemos a la muerta. Nos acomodamos alrededor del ferretro mirandola dormir.
El mar encrespado distrae nuestra atención.
Vuelvo a estar sola, esta vez caminando en direccion a la entrada de la casa, de la playa, solo que está en el barrio de Bellavista, cruzo la puerta y la casa es de estilo colonial. En su interior, en el living, hay más gente de la familia, gente mayor quienes conversan sobre la fallecida y anécdotas de su vida. Los saludo y uno de ellos me comenta que cuando quiera puedo ir a esa casa a pasar el fin de semana, pienso "que fome ir a Bellavista de fin de semana".
Vuelvo a la terraza.
No hay nadie.
Con el ataúd detrás mío, me concentro en mirar el horizonte, que se ha puesto cada vez más y más blanco. Casi no se distingue el mar, las olas de las nubes. Siento la presencia de Antonio cerca mío, volteo y ahí está, le sonrió, él a mí y continúo mirando el mar.
Querido Papá,
Desde que tuve antecedentes de que habían reconocido y aceptado como propios los restos de Fernando Ortiz y de dos de sus camaradas comunistas (Lincoyán Berríos y Horacio Cepeda), pensé en ti.
Pensé en lo que ha sido nuestra historia de vida. La de una generación que soñó y unos más que otros, lucharon y arriesgaron por conseguir un mundo mejor. En la historia de los hijos de ustedes, como Las Tres gracias, como los de tus amigos, compañeros de sueños, militancia, esperanzas. La historia de los que trabajaron para darle vida a la Unidad Popular. Y lamentablemente la que comenzaría a escribirse a partir del golpe militar, unos desde el exilio y para otros, la detención, tortura y desaparición. Aquellos otros a diferencia tuya y de mi mamá, con todo respeto lo digo, que se la jugaron a mil, que decidieron quedarse en el país, pese al peligro que eso significaba. Aquellos militantes del Partido Comunista Chileno -clandestino, que ahora sabemos lo que vivieron durante meses o años, tiempo de angustia, cambiando apariencia, puntos de encuentro, tensión, nervios y finalmente ser apresados y desparecidos y que desde el recién pasado viernes los hemos recuperado.
Con Manucita nos aprontamos a Lynch norte 169, la casa de La Hormiguita, en nombre tuyo y de mi mamá acompañar a los Ortiz Rojas, en especial a la Licha, mi querida, irónica, tristona y linda Licha. Y todo el tiempo pensaba en ti, en que de estar, seguro habrías ido, de estar animado y energético para convertirte en la alegría de esa tarde-noche triste y especial.
Recuerdos ningun tengo de Fernando Ortiz, historias, historias muchas, contadas por tí siempre y ahora por mi mamá.
Vimos un diaporama con fotos de los tres compañeros. Me encantó verlo, adentrarse un poquito en cada uno, en sus vidas, con esa cosa medio fetiche que tengo al respecto de los muertos, pero con todo el santo y debido respeto que merecen. Imágenes de los hijos con Fernando, con la María Eugenia, en El Quisco, entre árboles. Me llamó tanto, tanto, tanto, la atención la sonrisa encantadora, en cada una de las fotos de la Licha, tan linda mujer, tan seria, al parecer hosca, dura, fría y en cambio la mujer más encantadora que he conocido. No de apretar mejillas, de derretirse como taza de azúcar, pero en cambio buena amiga, solidaria, sólida, directa, encantadora, con una agudeza, malulez, ironía, que confieso amo desde que la descubrí en el CODEPU y pese a que la vida nos separa en edad, historias y demáses, siempre trato de mantenerme, mantenerla cerca. Como supongo te debe haber pasado a ti con Fernando.
Y no puedo dejar de sentir, sin ánimo de ser ondera, que este fin de semana hemos sido espectadores de un acontecimiento histórico. Aunque muchos digan que lo será solo para los que pertenecieron a la Unidad Popular, quizás sea cierto, porque unos mucho más que otros, fueron las víctimas de la dictadura, los que se quedaron, los que permanecieron, lucharon, defendieron sin armas y fueron detenidos, torturados y desparecidos. Pero desde mi corazón amaranto y tratando de llevarte conmigo, querido papá, siento que el haber recuperado sus restos, es realmente un hito nacional. Que la bandera de la Plaza de la Constitución debería ponerse a media asta, porque aunque estamos emocionados, también estamos tristes, porque se les quería de vuelta con vida. Y aunque los medios de comunicación se hayan hecho de la vista gorda, los que llenamos, repletamos, nos apachurramos por estar con los Ortíz- Rojas, los Lincoyán y Berríos en Lynch Norte 169, el día viernes 27 de julio, sabemos la importancia que tiene este momento. Y tu también ¿verdad papito?
Recuerdo vagamente, estando en Guadalajara, cuando se enteraron que Fermando Ortiz había desaparecido. Los recuerdos son ultra vagos y nebulosos, pero sé que desde ese día un alo de seriedad, de aquella que uno sabe que reírse es malo, se apoderó de las iniciales F.O.L., del señor que hacía las reuniones politicas en la casa de Bustos, del que iba con su hija Licha a un club de campo cerca de la casa de los abuelos en El Arrayán. Del papá de la que sería mi compañera, jefa de trabajo en el CODEPU. El cuñado de mi loquera Pachi.
De esos lazos de cordón umbilical que se construyen, solidifican y que por tal, son para no destruirse jamás de los nuncas. Y bien sabemos tu y yo mi querido papá, que somos expertos, mandados hacer para guardar amigos, sentimientos, situaciones, por siempre jamás, en el corazón, en la memoria, en los recuerdos atesorados en las cajitas que nadie, nadie conoce la llave de seguridad. Así eran ya desde Guadalajara los Ortiz-Rojas para mí, que no los recordaba en lo absoluto, de los cuales no tenía ni fotos. Y que después al regresar iríamos renovando poquito, lentamente ese cordón. Con la imagen de Fernando en el ocaso, aunque pase lo que ocurra en el camino de la vida. Aunque algunos se porten de manera grosera, aunque parezca que olvidan con una ligereza digna de pequeños burgueses, aunque no se vean a diario. Pero cuando es requerido, necesario, de piel, necesidad de estar, acompañar, dar señales de existencia, uno está ahí. Como Manucita y yo, a nombre de Los Cinco, de ti papito.
Lo que no quiere decir que por encontrar sus restos, estamos preparados para dar vuelta la hoja, hacer el consabido y tan valorado "borrón y cuenta nueva" de tanto placer ligero que puebla este país. Porque si bien Fernando Ortiz, se forjo como un pilar fundamental en esta mochila de injusticias y de tristezas, todavía hay muchas otras personas a las que se les espera con las mismas ansías y con el deseo de que ojala aparecieran con vida. No estamos cerrando el capitulo vital de la historia de este Chile, simplemente estamos sumando capitulos, muchos más están por escribirse.
Seguramente de haber estado vivo querido papá, habrías escrito algo mucho más lindo que lo que trato de contarte, de dejar aqui, pero hago mi luchita, lo que me sale del cucharón, tratando de estar, a la altura de las circunstancias.
Te quiero siempre Andres Orrego Matte, mi padre querido, del cual heredé todas estas cosas, las más lindas y sentidas de la vida: la memoria, la historia, la nostalgia y la capacidad de tratar de atrapar estos momentos históricos para siempre, para jamás, para nunca. Para tí.
Desde la tierra para donde quiera que estés....
Anoche pensaba en el momento en el que comenzó este "desorden existencial". No puedo evitar pensar con presición de "toc" en una tarde cualquiera en la casa de Bruselas 150, Guadalajara, Jalisco, huyendo de la cocina hacia mi pieza con un plato de huevos fritos y un gran pedazo de pan.
Pero en realidad en esas maldades de niña chica, se escondían al igual que para mi sisterna Manucita, un exceso normal de energías propios de la edad, las cuales nos las teníamos a bien tragar, matar o colgar de un poste, porque como familia "chilena, comunista, exiliada" que éramos, no había para talleres. Pero ¿quién pedía talleres cuando para eso estaban las plazas, parques?, como por ejemplo los camellones de la avenida Chapultepec. También estaba el hecho no menor que para esos menesteres, requeriamos de padres relativamente jóvenes y los nuestros que eran unos amores comunistas y que nos dieron muchas, muchisimas cosas buenas, estaban un tanto old para la energía de la juventud reinante.
Supongo que así fue como la Manucita tuvo que emprender el aleteo y esperar a que un día tanto movimiento, la llevara a volar hasta un lugar distante, distinto y hermoso. Mientras lencha Colombita ensoñada, bastante más lencha, sedentaria y encandilada por la pantalla de vidrio, digase la TV, encontró la mejor comapañía, amistad y emoción para gastar energías, que más no fueran visuales, que adentro del mismo lugar. Harto tiempo que me costó entender que Pedro Armendariz no era Pancho Villa, asi como que Pedro Infante no iba por la vida lanzando balazos (no tan así al menos). Medio entendida la diferencia entre realidad y ficción, no hubo película del Cine de Oro de México que no viera, así como tampoco las malas "re malas" que mi padre tanto sufría cuando las veía, las protagonizadas por Enrique Guzman, Cesar Costa y Angelica María.
En paralelo y ya que estábamos bastante tiempo de la tarde a solas, aunque en algún lugar de la casa pululaba mi madre, buenas amigas fueron las teleseries. Llorar, sufrir, tener pesadillas después, reír, soñar al son de todas y cada una de las mujeres que se enamoraban, tenían guaguas, quedaban ciegas, sordas, paraliticas, para después de sufrir mucho lograr al fin, reencontrarse con la guagua lanzada al mar, tirada en la calle, regalada, vendida y además con el príncipe azul que era un hijo de puta, pero que todo lo había hecho por amor, porque aunque se notara más bien que era un mandilón (agarrado por los eggs por parte de su mamá, o sea la suegra), él la amaba a ella, la que había sufrido como nadie, la amaba como nunca en la vida, como la primera y la última. Ahí surgió la manía, gusto, placer, por grabar la música, canciones de las teleseries, los diálogos más importantes, influyentes. Practica que desarrollaría también con las películas.
Pero las energías de niña y después de adolescente continuaban cocinandose a fuego lento, en los sueños, ganas, de gastarlas solamente. Pasaba que en las caminatas de los fines de semana en familia, lográbamos gastar unos cuantos kilos, en lo personal más bien se me iban acomodando entre los muslos y cadera (grafcias a los comistrajos pecaminosos y escondidos que seguían presentes), lo que ayudaba a caer al suelo en cada una de los paseos, donde mi padre me rezaba el rosario del garabato encolerizado.
Es más, a falta de espacios para gastar las energías, dedique el tiempo extra en atesorar una economía paralela a la familia, en base a los vueltos, dineros sueltos, aparentemente de nadie y desde ese momento propios. Asi que cuando sumaron una cantidad interesante, previos consejos sabios de mi amado abuelo Titin, los lleve a Banca SERFIN donde abrí mi primera libreta de ahorros. La cual, una que otra vez ayudaría a mi padre, quien un día pilló "chanchito", a su hija, saliendo de la sucursal capitalista.
Después sofisticaría el entretenimiento del gasto de energías, en alargar la garra, la mano, la muñeca con dedos y apropiarme de todo lo ajeno que brillara o sonara al caer. Convirtiéndome en la "urraca" como graciosa y traumatizantemente me bautizaría mi padre. Durante mucho tiempo pensé que era la mejor carterista de México, hasta que mi sisterna Manucita develóme la verdad: todos sabían de mis habilidades y tenían que adelantarse a los amigos de mis padres, míos propios, excusando que tenía problemitas "la niña".
De todas maneras de aquellos años mosos en los que me creí la mejor entre las ladronas, atesoro unos aritos de brillitos bien lindos y bueno, las moneditas o billetes fueron a parar a la cuenta SERFIN.
Otras cosas ocurrían, cuando los abuelos paternos: Marta y Titin, arribaban a Bruselas 150 y después a Gregorio Dávila 14. Porque mis abuelos lindos, iniciadores de las buenas costumbres de caminar, pasear, viajar, conocer entre más lugares mejor, nos sacaban casi todas las tardes (sobre todo en las vacaciones de verano) a andar en patines a los camellones de la Avenida Chapultepec, a tomar helado, al supermercado, a vivir aventuras de velocidad arriba del Parvial por Vallarta e Hidalgo. Y eso que mis lindos abuelos eran mucho más viejitos que mis padres, porque "las tres gracias", éramos nietas de segunda camada.
Cuando los abuelos ya no les dió para viajar a vernos, por suerte, comenzó a pasar aquello innevitable llamado crecer, donde además algunos maduran, ese no fue mi caso, si el de la Manucita y obviamente también el de mi sisterna Pasqui. En ese proceso, en mi caso al menos, los kilos se habían ordenado un poco entre tantas partes que tenía mi cuerpecito sobre todo a lo alto y para mi suerte, el reflejo en el espejo no estaba tan pior, al menos me chiflaban los albañiles al pasar. Por lo que las hormonas podían salir a pasear y darse banquete.
Pero las cosas nunca han sido simples para Colombita ensoñada, será principalmente porque es del equipo de las azotadas, de las exageradas, de las que viven un minuto como si realmente durara 100 y como si fuera el último y por lo tanto, hay que respirarlo a concho, de manera tal que nunca de los jamases se pueda olvidar. También será porque la Colombita ensoñada, era y es fundamentalmente "soñadora" y al enamorarse, que era a cada rato, este galanazo en cuestión, si quería algo, debía alcanzar algunas metas antes de merecer la entrega del premio mayor. Está de más decir que ninguno, ninguno de los ningunos, se las jugó por hacerlo.
De hecho, pocos aguantaron a mí lado mucho rato. Los que no se fueron corriendo como alma en pena, excusaron un asunto importante, otros más valientes e insensibles me cortaron de una y corrieron a los brazos de las "rapiditas" que así también quedaban embarazadas, pero eso es otro cuento. Ninguno pretendío asesinar al primo aquel, de nombre Ricardo Twain Orrego, al cual le habían destinado, junto conmigo, que al cumplir la mayoría de edad tendriamos que casarnos aunque no nos amaramos. Ninguno quiso jugársela por secuestrarme y arrancarme de esa promesa hecha por los mayores sin consulta de esta infanta enamorada y de corazón soñador. Ni el propio primo en cuestión, quiso jugársela por la doncella y prefirió continuar perteneciendo a mis fantasías paralelas, en aquel mundo distante y azul llamado CASA AZUL.
De todos modos y como buena soñadora, ya que estábamos acostumbrados a gastar las energías de manera rebuscada, creativa, buenos eran los Diarios de vida, para rememorar al son del lápiz, sintiendome Jane Eire o Cumbres Borrascosas, quizás Inés del David Copperfield o Mercedes la amada eterna de Edmundo, El Conde de Monte Cristo. Narrar en esas blancas páginas, mis vivencias rosadas y ensoñadas, que eran más bien ensoñadas, las que tocaban tierra no pasaban de la manito sudada, del beso a borde de labio, de miradas, muchas miradas, fundamentales miradas que iban directo a mis ojos. Alejandro, Mario, David, Victor Hugo y paremos de contar.
Cuando esa lista terminó de llenarse, habíamos vuelto a Chile, yo para mi desgracia era una persona grande, a punto de cumplir 18 años, pese a toda la baba que se me seguía cayendo no solo por la boca, pese a que continuaba llena de energía, que ahora utilizaría en gastar metaforicamente, en vivir añorando a mi amado México, a Antonio, a los amigos, Roon, Maytrella, a los amores incompletos.
Y para los momentos de exceso de incertidumbre, de faltas varias, nada mejor que los platos con huevos fritos y un buen trozo de pan y sobre todo, comérselos a hurtadillas,
en secreto,
de forma prohibida,
porque lo mero bueno, lo que vale la pena, lo que sabe más rico,
es aquello que no te está permitido,
como gastar energías naturalmente,
como comer sentada en la mesa y saboreando tu comida.
No pretendo adelantarme a los hechos,
pero de pronto, quizás a razón de que la carga laboral disminuye,
de pronto vuelvo a sentir deseos inmesos por escribir, escribir, escribir,
así como también leer.
De pronto quizás el maldito mal se aleja,
no lo sé, no tengo certezas, tan solo sensaciones,
deseos de retomar a Jerónimo, sobre todo a Jerónimo.
Retomar la lectura, por tantos meses castigada,
presa del desinterés a por todo, todos, todo.
Al igual que el espíritu,
áquel que se fue muriendo lentamente,
que tan solo buscaba la destrucción,
lo más certera y rápida posible.
La decepción a por todo,
las claridades que dolían en el alma y llegaban punzantes al corazón,
no es que ahora no sienta igual,
pero en la coraza forjada para subsistir en lo que la muerte llegaba,
descubrí que luchar contra lo inexistente, jamás conocido, menos obtenido, es pelea de necios, de quienes prefieren gastar el aire, la energía poca, en estupideces. Nadie puede quitarme las ganas de soñar, de recrearme dentro de mundos mágicos, inexistentes para algunos, hermosos y maravillosos para mí. Nada puede alejarme de ellos, porque son mi vida y a través de ella amar, vivir, gozar, sentir, escribir, leer, vivir, vivir, vivir. Música maestros.
Aquellos deseos de mandarlo todo al carajo,
no permitir el agote mental y visual tan solo en trabajo,
en trabajo para llenar el plato de frijoles ¿para qué?, si quería morir,
¿para qué esforzarse si se quiere morir? Y en la búsqueda del fin, que todo comience a dar lo mismo, que nada tenga valor, peso, importancia. Menos que nada el dinero, menos que nada. De ahí en más, menos después el trabajo, menos el que esclaviza mi alma, mi alma que quiere salir a volar, volar, viajar, caminar con el viento, hacia la cordillera, a los árboles frondosos, bajo la lluvia. LIBERTAD!
Con deseos que la maldición de los años pares se concrete,
hibernar en vez de morir, pero no estar, no estar, no sentir, no pensar, dormir, dormir, que para eso el sueño surge de todas partes, dormir, dormir, dormir. No pensar, no sentir, no recordar momentos malos, tan solo los buenos, que para eso soy elegida. Todavía sin apuros, pero sintiendo el solecito de invierno que entra por la ventana, que calienta mi cabeza, ilumina mi cabello, refleja su luz sobre el suelo, por el ventanal del patio las plantas, hermosas, verdes, frondosas, la bugambilia, el limón, las suculentas y cactus. Los gatitos preciosos. La vida comienza a verse linda, no sé si así será, pero así la veo hoy, quiero que ese hoy se multiplique por miles más. Un poquito de ganas de salir a ver gente, güaguitas que alegran el alma, tomarlas en brazos, besitos en la frente, susurrarles lo bien que se siente tenerlas cerquitas.
¿ANIMO?
¿ENERGIA?
No lo sé, no cantemos victoria,
digamos al menos que latidos de todo aquello que tuve a borbotones el año pasado, en mis 42 dorados y amados y que se pudrieron como la mala carne, el aire viciado, dejándome vacia, descreída, desilucionada, desesperanzada, descorazonada, DESTRUIDA. Levantar simientos, de a poquito en poco, como enferma del pulmón sin demasiada fuerza, porque no hay tanto aire, pero no por exceso de desconfianza, sino falta de energías, o no queriendo gastarlas todas, administrarlas que pa eso soy una judía, administrarlas para que me ayuden a encontrarme con Jerónimo.
Ante todo y a quien corresponda: GRACIAS!